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viernes, 10 de julio de 2009

Adiós Madrid, Edurne Farías

La noche cae sobre la Gran Vía y yo no puedo creer que es la última en mi Madrid, mi Madrid nocturno y precioso que me dio a mis amigas y mil alegrías, que me regaló sonrisas, que me abrió a la ficción de los cuentos inventados y que también me entregó un hijo o hija, una separación y recuerdos, muchos recuerdos de parques con perros, de viejos alimentando pájaros en el Retiro, del sabor de las alegorías de la panadería de Onofre, de cerezas, del ruido de mi barrio por la noche, de la mugre de las banquetas y del sol quemándome a las cinco de la tarde en Gran Vía... y así, así podría seguir toda la noche y parte de la mañana, antes de que parta mi avión. 

lunes, 29 de junio de 2009

Mi colección de momentos, Edurne Farias Escalera

No sé por qué, con la distancia, uno va pensando más en detalles en los que nunca antes reparas. El olor a tierra mojada y roja justo antes de que empiece a llover, el sabor perfumado del cilantro, el silencio de las noches que al principio en Madrid, echaba de menos. Hoy no sé si podré volver a ese silencio nocturno que me regala mi ciudad y todo será al revés, extrañaré tal vez las voces borrachas y trasnochadas de mi calle madrileña, el ruido de los contenedores cayendo al camión de la basura a las tres de la mañana, que el sol no queme y que sólo aveces, caliente. Que la gente choque en las calles amontonadas en una pelea individual por ver quién se hace un lado, quién se quita del camino. Extrañaré el color de las tardes grises españolas, que el cloro no huela y las reuniones a media mañana con la gente del parque de los perros, reuniones a las que en un principio me resistía por sentirme muy ñoña, hasta que mi resistencia fue inútil y acabé aprendiéndome los nombres de todos los perros de la plaza de Barceló: Tomás, Isis, Lucas, y hasta una Martha y un José.

A mi me gusta pensar en los recuerdos que otros me han contado.

Cuando Eréndira me platicó que ella siendo del norte, donde hace mucho calor y casi nunca llueve, se sorprendió cuando una tarde de lluvia en Uruapan, donde llueve como si nunca más fuera a volver a llover, su sobrina salía como si nada en medio del aguacero, ¨al café¨. Me imagino esas calles empinadas uruapenses con ríos de agua roja bajando hacia el centro y recuerdo la calle de mi abuela en Pátzcuaro cuando después de llover hacíamos barquitos de papel periódico, ese que leía mi abuelo, para que navegaran en los charcos calle abajo hasta quedar varados en una coladera que no iba a ningún lado.

Recuerdo a mi mamá recordando la tristeza que le provocaba que algunas niñas de su escuela no llevaran calcetas, porque eran muy pobres, me decía imaginándose cómo el frío se les metía por entre los zapatos escolares. Me la imagino, a mi mamá, una niña flaca, sonriendo, con los cabellos largos al viento, con su uniforme y con calcetas, claro.

También me gusta recordar a mi mamá, jovensisima, con su pelo corto, cocinando cuando yo era niña, cuando me decía, ¿me ayudas a pelar las papas? y seguía cantando sus canciones de Silvio Rodriguez. Ella me contó que un día cortando papas le pregunté que qué significaba eso de ¨la era está pariendo un corazón¨ para que ella acabara contándome cómo en Cuba no había ni ricos ni pobres, cómo a los niños se les daban las mismas libretas y libros como recompensa de una revolución que todavía era gloriosa en aquellos tiempos.

Mi abuela cuenta cómo mi papá cada que pasaba por un pasillo largo de la casa, donde ella había colocado sus helechos y él, con la imprudencia que le daban sus 13 años agarraba cada ramita de algún helecho elegido al azar, para de un tirón dejar caer todas y cada una de sus hojitas, hasta que después de un tiempo los helechos de mi abuela no eran sino tallos tristes sin ninguna hoja a los que ni el sol podía curar de la alegría que le provocaba a mi padre dejarlos sin hojitas.

Con la distancia todo se acentúa, y ahora mismo añoro la imagen de mi papá sentado en la cocina de mamá tocando su guitarra, cantando alguna canción de esas que tanto le gustan como la de ¨Si yo tuviera el corazón,el corazón que di; si yo pudiera, como ayer, querer sin presentir...¨ esa canción con la que en Buenos Aires me eché a llorar porque era como mi papá cantando pero en argentino y con micrófono y con unas argentinas alrededor de él, vestidas para bailar un tango turístiquisimo. Esa canción que tanto había oído tararear y tocar a mi padre y que nunca había escuchado en otra voz, de hecho pensaba que él la había escrito, que él le había puesto música.

En Madrid hace frío, los días son cortos y aquí estoy yo recordando trozos de otros tiempos, añorando mi México, donde a estas horas aún es de día. Sin embargo algún día, estaré en Morelia, haciendo cuentas en el calendario, calculando si la ¨m¨ es de martes o de miércoles y extrañaré por mil dias, la ¨x¨ colocada en el miércoles, como en España.


Edurne Farias Escalera

Manuel murió un viernes. Yo estaba tan cansada para entonces que no recuerdo haber hecho trámites para el velorio ni para nada y justo cuando estaban metiendo el ataúd en un hoyo recordé que cuando éramos recién casados él me había dicho, mientras flotábamos bajo el sol de Acapulco, que si él moría antes que yo, llevara sus cenizas al mar. Ya ni modo Manuel, pensé mientras paladas de tierra mojada caían sobre el féretro y su hermana Tere caía desmayada a mi lado mientras sus dos hijas gritaban ¨mamá, mamá, despierta¨ y con sus voces chillonas llamaban al Doctor Juárez.
Su hermana, que durante cuarenta y tres años me hizo la vida de cuadritos se encargó de difundir por todo el pueblo que yo, influenciada por el Doctor Juárez, había matado a Manuel, que él debería de estar vivo.

Yo me ponía muy nerviosa porque además de haberme quedado sola, tenía que soportar que a todos los lugares a los que iba, la gente se juntara a susurrar mientras volteaban a mirarme de reojo. Si toda esa gente hubiera vivido la enfermedad de Manuel no me verían así, pensaba yo mientras escogía jitomates para darme cuenta enseguida, que Martín, el del puesto del mercado, se negaba a atenderme y a hacerme la cuenta. Regresaba a mi casa con la canasta sin jitomates y me sentaba a llorar en el descanso de las escaleras.


Cuando fui joven nunca quise tener hijos, me gustaba la idea de ser la eterna novia de Manuel y no tener que andar gorda con un hijo dentro o tener que compartir nuestras noches con chillidos de bebés que piden comida cada tres horas. Quería ser sólo para él y él nunca me pidió que los tuviera, sin embargo un mes después de su muerte, cuando a la casa vino el notario a leer el testamento, me dijo con palabras que no entendía, que esa casa, que los coches y el rancho pasaban a ser propiedad de Carlos, un hijo que Manuel tuvo con Guadalupe Zavala. A mi me dejaba la pequeña casa de campo que teníamos a un lado de la carretera y todo lo demás era para sus dos sobrinas. Hijo de puta repetí mil veces hacia adentro.


Nunca sospeché de Manuel, en todo caso él fue muy cuidadoso y siempre me dio mi lugar, era muy cariñoso y todos los viernes me regalaba un vestido que yo estrenaba el domingo cuando íbamos a misa. Todavía no entiendo porqué le dejó todo a ese bastardo después de todo lo que yo le di, después de que lo cuidé hasta el último día de su vida.


El doctor Juárez, decepcionado de mi herencia, dejó de ser el hombre bueno que me ayudó hasta el último respiro de Manuel y la última vez que vino a la casa me contó, el muy hipócrita, que el niño tiene doce años y que como es idéntico a Manuel, la madre lo envió a estudiar a la ciudad desde pequeño.


Antes de que me corrieran de la que fue mi casa durante tantos años pasé a ver a Tere y para hacerle sentir sólo un poco de lo que ella me hizo sufrir tantos años, le dije que había matado lentamente con morfina a su hermano. Aunque no fuera cierto.