martes, 16 de febrero de 2010
Frases cortas sobre Dublín (una mirada fría)
Las calles son cicatrices grises con costuras de colores artificiales, colores de plástico, colores en coma.
De un lado a otro los edificios se miran fijamente con ventanas vacías, heladas y alucinadas o tuertas.
Las sudorosas tiendas desprenden un característico olor a comida rápida. La cruda realidad concuerda aquí con el espacio y el tiempo.
El frío roba lo que sobra y mantiene lo que hay.
Las personas que pasan frente a la ventana de esta cafetería son improbables personajes de cuentos y pesadillas. Son grises y amarillos, austeros y sonrosados. Rasgos rectos y afilados abarrotan sus caras y exhalan "frío por los ojos", como caballos en una mañana helada.
Parecen más anónimos que en cualquier otro lugar, no se imagina grandeza en sus vidas, ni calor. No imagino sueños o esperanzas sino realidad y automatismo. Expectativas baratas.
La casa es una fea encantadora. Alguien parece haber tirado las habitaciones como si fueran granos de arroz en una boda y tal como cayeron, así se quedaron.
Escaleras y recovecos.
La casa es de otoño, de hojas secas, incluso cruje como ellas cuando la pisas. De sabia y resina, de corteza de árbol. Es como un tronco cuyas hojas son fotografías y pósters.
domingo, 12 de julio de 2009
La vuelta a casa de hoy en día:
Salgo de ese trabajo en el que me pagan 300 euros al mes y el sol madrileño cae sobre el asfalto como una plancha que le va quitando las arrugas a la ciudad. Camino hacia el metro despacio y concentrada en cada paso que doy porque los tacones que llevo comienzan a transformar la parte delantera de las plantas de mis pies en círculos de vitrocerámica a punto para hervir agua. Aun así es un dolor conocido y domesticado que podré aguantar hasta llegar a casa. En realidad no necesito llevar tacones, soy una tía alta y grande, y de hecho tengo muchos problemas para encontrar zapatos de mi número, pero me parecen tan bonitos, tan femeninos, tan... son como llevar unas apetecibles gominolas en los pies, como traer un poco del mundo de Roger Rabbit a este, quiero decir, son irreales, como dibujados sobre los pies de las mujeres. De algunos pies, porque a veces cuando una se sienta en el metro y se fija en los zapatos de la gente, muchas veces se encuentra esos tacones indignos constriñendo los hinchados pies de algunas mujeres ,y eso les quita toda la magia a ellas y a los zapatos. Como yo uso un 42 de pie, como ya he dicho, tengo problemas para encontrar zapatos que no causen ese efecto de opresión, así que cada vez que encuentro unos que me sientan bien me compro dos pares, uno de cada color: rojos y negros, verdes y rojos, negros y beige...
El semáforo se pone en verde y sigo mi camino con pasos suaves y decididos, acompañada por ese ritmo que intento controlar para componer una repetitiva melodía callejera: tac-tac-tac-tarac-tac-tac-tac-tarac... Al final ni la oigo, como cuando te acuestas a dormir o te sientas a estudiar y el sonido de las agujas de un reloj marca los segundos con patas de elefante y al principio es molesto, pero minutos después el elefante parece haberse dormido y ya no se escucha.
De la ancha avenida de Pío XII paso a caminar por pequeñas calles de zonas residenciales. Parece que por un momento Madrid desaparece, el ruido de los coches calla, los altos edificios han sido talados y sustituidos por árboles, hiedras trepadoras y arbustos que crecen en jardines particulares. En un cartel pone “Prohibido el paso de coches ajenos a la zona” o algo así, y me fijo en que en cada posible entrada de vehículos han puesto vallas como las de los parkings. Cámaras en las esquinas de muchas de las casas hacen que el zoo esté seguro y controlado.
Las casas vecinas son casi todas grandes y ausentes. Son tan delicadas y espectrales que parecen no estar. Me gusta imaginar que una que hace esquina es mía. Cuando paso frente al portalón de entrada a veces, si las persianas están subidas, puedo ver lámparas y partes de muebles de madera, la esquina o la mitad de un cuadro, la tela de una cortina, libros, un jarrón con un portarretratos al lado en el que imagino una fotografía luminosa de nuestro último viaje juntos. Imagino eso mientras voy hacia mi casa de 30 metros cuadrados. Camino a la sombra de los jardines aprendiéndome las casas. La acera está llena de pequeñas flores verdosas que la cubren como un párpado, una acera dormida. Ahora, sobre las flores, mis pasos suenan amortiguados, como si bajo un ruidoso grifo que gotea hubieran puesto un trozo de papel higiénico o una toallita desmaquillante. Como un silenciador en una pistola.
La boca sedienta del metro me espera abierta y jadeante como la de un perro. Bajo por su garganta y me quito las gafas de sol, hay días que no me importa llevarlas en el metro, pero esta tarde me parece una estupidez. El metro está como siempre, para qué contarlo.
Está como siempre hasta que bajo en mi parada y, hoy, siento algo diferente. Voy subiendo en las escaleras mecánicas, que son orugas que nunca llegarán a ser otra cosa. Me bajo y camino hacia otras haciendo transbordos de escalera en escalera. Como los zapatos obligan a su esclava ,a golpe de látigo, a caminar despacio voy percibiendo cosas que normalmente me salto llevada por una prisa absurda de inercia. Un violinista con cara de loco, con quijada y pocos dientes, con pelo sólo a los lados de su cabeza, largos, blancos y desbaratados, toca algo que no conozco y me atrapa. Aminoro el paso mientras la gente me adelanta de lado a lado. Es como haber encontrado una fotografía intacta en medio de un incendio, como un jarrón entero en medio de los escombros de un terremoto. La piel se me convierte en superficie de agua y de repente noto las corrientes de aire que se forman en el metro cuando se va llegando a la salida. Echan mi pelo hacia atrás, mueven los bajos de mi vestido y me reconfortan. Antes de salir me pongo otra vez mis gafas de sol estilo policía norteamericano que me dan un aire indiferente, poderoso y borde, o eso creo yo cuando me miro al espejo con ellas puestas.
El metro me escupe como a un hueso de cereza o de aceituna, como a cáscara de pipa. A este lado de la ciudad las flores que cubren el suelo son amarillas y están secas, y cuando el viento las arrastra por los adoquines imitan el sonido de unas uñas tamborileando nerviosas sobre una mesa.
Ya sólo quedan 300 metros para llegar a casa, si los junto con los 300 euros que me pagan al mes y con los 30 metros cuadrados de mi casa no llego al sueldo mínimo ni a fin de mes.
martes, 30 de junio de 2009
Una de conejos:
Por Elvira Jardón
Había sido un día cualquiera en la vida de una universitaria en Salamanca, clase y cerveza. Llegué a casa con un fantástico plan íntimo, ver una película bebiéndome un vino y después cenar e irme a dormir tranquilamente.
En aquella época estaba viviendo sola a la espera de que, un par de meses más tarde, llegase una amiga norteamericana que iba a pasar el curso conmigo, Honey, de Montana. A la pobre cada vez que le decía su nombre a alguien en España, siempre, y digo siempre, le respondían con la cancioncilla de “honey, tarararatata, oh sugar, sugar” haciendo un gran alarde de originalidad.
Pues bien, ella llegaría dos o tres meses después de haber empezado el curso y para paliar mi soledad decidí comprarme un animal de compañía. Después de pensarlo mucho y de pasar por delante del escaparate de una tienda de animales en el que había unos conejitos adorables, compré uno por unos módicos 30 euros. Era la cosa más mona que había visto, parecía un efecto especial salido de una película de dibujitos. Tenía el pelo largo, del color del café con leche, y unas enormes patas traseras que le daban un gracioso aspecto desproporcionado. Lo llamé Conejín y pronto todos nos enamoramos de él.
Yo no sabía que los conejos eran tan inteligentes. Al principio era escurridizo y en más de una ocasión me pasé horas buscándolo mientras él se escondía tras un armario o en algún otro lugar remoto e impensable. Pero con el paso del tiempo, cuando cogió confianza, se comportaba casi como un perro. Por las mañanas subía a mi cama y me lamía la cara tiernamente, cuando quería salir a la terraza me miraba y rascaba la puerta corredera delicadamente con su patita. Era alucinante. La única pega eran sus constantes cagaditas que, gracias a dios, al ser duras y redondas resultaban fáciles de barrer. Yo era feliz con Conejín, lo llevaba a casa de mis amigos, lo abrazaba, lo acariciaba y no sabía como había podido vivir sin él durante tanto tiempo.
Cuando llegué a casa, y antes de ponerme cómoda, decidí hacer algunas cosas para así sentarme tranquilamente a ver Drácula, la de Coppola, una de mis películas favoritas. Limpié los platos, barrí la cocina, el pasillo, las habitaciones, puse una lavadora, recogí la ropa que tenía por ahí regada, me hice un bocadillo vegetal y puse la película. ¡Qué buena es! Cuando acabó estuve un rato reflexionando sobre el vestuario, los decorados y Gary Oldman. Estaba viendo los extras cuando eche en falta la compañía de mi pequeño conejito. Dejé la película en el menú principal y fui a buscarlo. No lo veía por ninguna parte, así que comencé a mirar en aquellos lugares extraños que tanto le gustaban. No estaba. Con el pasar de los minutos comencé a impacientarme y pensé, “se habrá escapado cuando abrí la puerta y no me he dado cuenta”. Fui a la entrada y miré el rellano esperando ver un bultito marrón, pero estaba vacío. Cerré la puerta tras de mí con cara de concentración, “¿dónde puede estar?”, volví a revisar habitación por habitación. Estaba en la cocina, apoyada en la mesa y realmente preocupada porque nunca había desaparecido por tanto tiempo, cuando me sorprendí mirando la lavadora. “No puede ser”, me dije, “no puede ser”.
Abrí la puerta de ojo de buey, puse la cesta debajo y empece a tirar de la ropa con mucho cuidado, dejando que cayera en aquel recipiente de plástico. Lo hacía sin mucha convicción, sólo para asegurarme de que, por supuesto, lo que me temía no podía haber sucedido.
Estaba tirando de una toalla enrollada cuando, primero de repente y después poco a poco, aparecieron las desproporcionadas patitas. Como si hubiese visto a un psicópata violador dentro de la lavadora grité y caí hacia atrás. No podía apartar la vista de sus dos patas traseras. Me puse en pie y comencé a hiperventilar, a llorar, a hablar sola y a gritar, todo a la vez. Dando vueltas por la cocina y después por toda la casa, con las dos manos en la cabeza, sin dar crédito a lo que me estaba sucediendo. Cada diez pasos volvía a la puerta de la cocina, miraba la lavadora y volvía a pasear por la casa metida en un señor ataque de ansiedad. Todo esto con la banda sonora de Drácula repitiéndose insistentemente en el menú del DVD.
Al rato, una voz desde el fondo de mi mente en shock comenzó a decirme, primero bajito y después más alta y clara, “cálmate, ha sucedido y ahora tienes que sacar el cuerpo de tu conejo muerto de ese electrodoméstico, cálmate, tienes que hacerlo, tómate tus minutos de luto y hazlo”.
Respiré profundamente y sí, me calmé. En un arranque de valor fui a la cocina y comencé a pensar fríamente como se puede sacar el cuerpo de un conejo de una lavadora. “Está bien”, me dije, “coge una bolsa y como se recogen las cacas de los perros procede a recoger al difunto”. Mala idea, pero eso la sabría después. Cogí una bolsa del supermercado y me acerqué llorando como una magdalena al cuerpo de Conejín pero, cuando mis manos entraron en contacto con su cadáver y noté lo frío que estaba a través del plástico, me entró un ataque de ansiedad peor que el primero.
Volví a dar vueltas intentando buscar un plan alternativo en el que yo no tuviera que ocuparme de aquello y comencé a echar de menos a mi hermano Raúl que, seguro, no hubiera tenido ningún problema en sacarlo de allí. En mi cabeza la idea de llamar al vecino para contarle lo sucedido y que él hiciera los honores comenzó a perfilarse, a ratos, como una opción de lo más lógica y natural. Pero finalmente acepté el hecho de que iba a tener que ser yo quien lo hiciera. Está vez cogí una toalla grande la doblé varias veces y lo más rápido que pude agarré a Conejín y lo metí en una bolsa. Ya un poco más tranquila, pero sin dejar de llorar, bajé a la calle y al lado de mi casa encontré un contenedor de obra lleno de serrín, entre otras cosas. Hice un agujero y allí lo dejé. Me fui lo más rápidamente posible hacia casa de unos amigos a contarles lo sucedido y nada más llamar al timbre, en cuanto me abrieron la puerta y me vieron con aquella cara descompuesta del llanto, me dio un terrible ataque de risa y les expliqué toda la situación. Esa noche, en vez de irme a dormir tranquilamente, me agarré una buena borrachera.
jueves, 25 de junio de 2009
Amor por las cosas:
Es algo realmente extraordinario este patio, si lo pienso puede que sea una de las cosas más hermosas que haya visto en toda mi vida. Pienso que si yo no estuviera aquí quizás no existiría, pienso que, como con Roy Batty en Blade Runner, este patio se perderá como lágrimas en la lluvia.
Hay una especie de banqueta vieja de patas oxidadas en una esquina de la habitación. La acerco a la ventana y saco mi ordenador. Inicio, Mi música... y aparecen infinitas carpetas repletas de la misma emoción, de la misma inquietud. Comienzo a abrirlas, una por una, en busca de una canción, de un tema, de una pieza digna de este patio. Pienso que sería realmente gracioso romper la magia poniendo algo de las Spice girls, por ejemplo, pero como no hay nadie para apreciar mi sutil sentido del humor, sigo buscando algo para mí.
Voy filtrando estilos hasta quedarme con el blues y el jazz. De entre ellos no tardo en encontrar un tema que nunca me falla, Cristo Redentor de Donald Byrd. Coloco el ordenador en el alféizar, el cursor sobre el play y pulso el botón.
Las voces de las negras que cantan comienzan a descender desde la ventana por el patio como la bruma de las montañas japonesas que aparecen en esas películas que tienen una gran fotografía y todo eso. El hueco del patio comienza a llenarse como si se hubiera producido una fuga en su casco. El gigante vacío comienza a zozobrar y se hunde en la calurosa densidad de la trompeta, se mueve, se vuelve lento. La quietud que antes lo dominaba se va transformando en un movimiento que sólo se podría comparar al de un océano que se despereza. Las ventanas se asientan de nuevo en las fachadas y todo significa otra cosa ahora, algo más. Una tras otra las notas de rocío van mojando las paredes, las cañerías y las baldosas del suelo, que descansan allá abajo. Doy crédito a lo que mis ojos no pueden ver: ese patio ha comenzado a respirar, es como ver a un gran oso salir de su letargo, su lomo se mueve hacia arriba y hacia abajo con un ritmo pesado y profundo. Por un momento pierdo la noción de la tozuda realidad y siento algo parecido al miedo, como si estuviera presenciando como un vaso se mueve solo o a alguien levitando ante mis propios ojos. Algo extraño se cuela por la puerta de atrás, pero pronto se diluye en el blanco de las paredes. La sensación general es la de estar contemplando algo pleno, algo sublime. La canción, que se arrastra por los salientes grumosos de los muros, y por las grietas, y por las tuberías, está a punto de expirar. Cuando la última nota suena, un pequeño eco queda suspendido, como las motas de polvo que se ven al ser atravesadas por un rayo de luz. Y vuelve el silencio (…)
sábado, 20 de junio de 2009
Trompeta conoce piano, trompeta se enamora de piano:
Trompeta conoce piano, trompeta se enamora de piano...
Trompeta:
La noche era extrañamente cálida en Londres, o quizás fuera yo el que la templaba tocando. Las notas salen por tu extremo como un goteo de té, confortante y familiar. Mis huellas digitales plasman las pruebas del delito sobre tus pistones. Uno tras otro se doblegan a la presión de mis dedos creando un blues que baila con el viento, con la oscuridad, con la ciudad. Sólo estoy empezando, a medida que toco cada nota nace con mayor naturalidad como si siempre hubieran estado ahí, sonando en el silencio. Cada vez pienso menos qué debo hacer y ya no soy yo el que toca, eres tú quien ha tomado el control, ahora soy sólo el medio por el que te expresas. Mis dedos ágiles y desvergonzados están poseídos. Mi saliva comienza a asomar por tu extremo de vórtice y gotea desde la dorada piel de metal hasta el suelo. Mi mano izquierda, moviéndose como si fuese de otro, a miles de kilómetros de aquí, imprime un movimiento, al principio suave y después intenso, rítmico y descontrolado a la deslizante vara de acorde. Mis manos, mis brazos, mi boca y mis pulmones ya arden y lleno la noche verde y amarilla con tus gritos de latón. Poco a poco primero y de repente después te calmo y me duermo.
Piano:
Al principio creí que habías elegido tú, híbrido de cuerda y percusión, que era cosa tuya, pero esta mañana miro mis dedos, hechos para tocarte a ti, mi sentido del ritmo, perfecto para tu caja de resonancia, y me doy cuenta de que tú no has tenido nada que ver en esto. Me siento en tus rodillas, abro tu tapa y echo a un lado la tosca tela que cubre tus teclas de dominó. Acaricio tu lomo de arce y tus notas de tilo. Primero paso mis dedos por tu teclado sin hacerlo sonar y noto como casi vibra, siento como deseas que te toque, pero no lo hago. He decidido afinarte, tu resistencia metálica choca con mi temperamento matemático, consiste en modificar la tensión de tus cuerdas para que vibren en las frecuencias adecuadas, en las mías.
Coloco sobre ti la partitura de música clásica, sólo para que creas que voy a seguir un plan, te confías y entonces te golpeo con un jazz progresivo, ya eres mío, el nocturno para piano llena las calles. Poso mis pies en tus pedales, tocarte es como montar a caballo, casi te veo relinchar. Ahora mantengo durante un tiempo el mismo acorde. Mi pie sobre el pedal de resonancia libera los apagadores de las cuerdas, la nota sigue sonando aunque he dejado de pulsar esa tecla.
Soy tu mejor solista y ya he logrado, a través de tus formas curvadas por el calor, abrirme paso entre tus bastidores hasta llegar a tu alma escondida. Esto es mejor que el amor, tú y yo hacemos música, tú yo escribimos la historia individual de esta ciudad que nos observa... Ya vienen tus espasmos de siete octavas y una tercera menor, cierro tu tapa y te duermes. Me despido de este público de farolas y charcos y me voy, dejando aroma a marfil y metal en tu somier.
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